Vergüenza, cuando la intimidad se hace pública
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Vergüenza, cuando la intimidad se hace pública

En estos días estivales estoy viendo una serie titulada ‘Intimidad’ que recomiendo especialmente por los sentimientos que desentraña: Ambición, codicia, resentimiento, vergüenza. Es una interesante propuesta narrativa con unos personajes creíbles muy bien interpretados. Pero vayamos al grano, el contenido.
Las redes sociales nos han acostumbrado a tener acceso a la intimidad de otros con un simple clik. Y ahí está, la imagen de la felicidad, real o aparente, de quien quiere hacer públicos sus momentos de disfrute, de celebración, de logros personales, etc.
Así inflamos nuestro ego y, al menos por un instante, parece que irradiamos éxito, esa supuesta mezcla de poder y felicidad. En este sentido, la intimidad se hace pública con afán de protagonismo, de necesidad de caricias, por presumir diría mi madre.
En la cara B, está la divulgación ajena, que tiene otro propósito, humillar, avergonzar, la burla hacia alguien que en muchas ocasiones es objeto deseado de sentimientos insanos de quien publica. El daño puede ser brutal. Exponer a otros para que sufran. Quien lo publica, alimenta un sentimiento retorcido de placer, tal vez venganza, envidia y la pretensión de hacerse lider ante otros con insaciable ansia de poder.
¿Cuantas dosis de vergüenza puede soportar una persona?

Teniendo en cuenta que es frecuente experimentar este sentimiento en soledad, la vivencia personal difiere en cada individuo. Contiene la historia de cada cual de aceptación o rechazo, el sello personal y familiar de los sentimientos y creencias. Además y muy relevante, está el componente social, desde el cual la vergüenza es acompañada de castigo a través del rechazo en muchos casos y la burla y el acoso en casos no tan infrecuentes.
El miedo a decepcionar puede ser devastador para quien duda de sí mismo. Y es fácil dudar cuando los demás, compañeros de clase o de trabajo se alían contra otro. 
Las consecuencias son desiguales igual que las circunstancias. Hay quien no siente vergüenza por hechos ausentes de ética y hay quien vive estrangulado por hechos injustos. Si nos apartan podemos morir de vergüenza, que es miedo y pena, aflicción intensa que nos achica hasta la enfermedad e incluso la muerte ¡Qué duro!
¿Cómo responder a esta lacra social?
 Soy partidaria de no sucumbir al desánimo, esto sería el fin como en otros aspectos que nos amenazan. Creo en la educación, aunque para evitar una ingenuidad que ya no me corresponde por edad y experiencia, también considero necesario el control social y la legislación de protección aplicada con firmeza y contundencia, no veo otro modo. Educar y proteger.

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