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Dra. Consuelo Rollan | Las caricias: dime cómo te trataron y te diré cómo eres
El trato que recibimos en nuestra infancia influye en nuestro desarrollo posterior de manera importante.
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Las caricias: Dime cómo te trataron y te diré cómo eres

Lejos de considerar esta frase una verdad absoluta, es evidente que el trato que recibimos en nuestra infancia influye en nuestro desarrollo de manera importante.

Si revisamos la literatura científica al respecto resulta interesante resaltar las observaciones pioneras de Spitz (1969) quien denominó “muerte por marasmo” al deterioro y fallecimiento de bebés por ausencia de caricias. El término “caricias”, en el metalenguaje transaccionalista, hace referencia al reconocimiento y atención de la existencia del otro. En el caso de los bebés, reconocerles y atenderles significa cuidarles, hablarles, calmarles, sonreírles, etc.

“Si el sistema reticular activador del cerebro no es estimulado adecuadamente, puede influir en la degeneración de las células nerviosas”  Berne (1966).

Cuando explicamos el concepto y tipos de caricias, resaltamos su importancia en el desarrollo, que abarca las dimensiones física, cognitiva, emocional y social, es decir, todos los aspectos que constituyen nuestra personalidad.

Preferimos recibir caricias negativas que no recibir de ningún tipo, lo que peor llevamos es la invisibilidad, la indiferencia, esto duele y mucho. Grandes dosis de indiferencia hacia una persona, especialmente en períodos de desarrollo, pueden traducirse en una imagen negativa de sí mismo, de los otros, del mundo, con una percepción de hostilidad y/o de impotencia, que puede disminuir el potencial de la persona.

Cuando resulta muy difícil obtener caricias es frecuente que se generen comportamientos negativos, destructivos, autodestructivos e improductivos.

Ante una pérdida importante: trabajo, salud, un ser querido, el vacío de caricias puede dar lugar a una depresión reactiva que requiere una reestructuración emocional.  Se evidencia en este caso, nuestra abundancia o escasez de caricias, nuestra nutrición afectiva y la necesidad de reparar nuestros vínculos.  Somos seres sociales, la soledad nos hace enfermar.

Las caricias que recibimos en la infancia forman parte importante en la configuración de nuestra personalidad. Si nos criamos en un lugar seguro emocionalmente, puede decirse que tenemos la base, los pilares necesarios en el lenguaje de caricias, desde la incondicionalidad, amor, cuidado y atención adecuada. Después tendrán cabida las caricias condicionales necesarias para educarnos. Si hemos vivido con educadores competentes habrán acariciado nuestros comportamientos positivos, nuestros logros, alentando nuestras posibilidades, deseos, etc. Habrán puesto límites cuando haya sido preciso, manteniendo un equilibro entre el deseo y la obligación, impulsando lo que en Análisis Transaccional se denomina estado Adulto, la parte más elaborada de nuestra personalidad, que requiere orientación para desarrollarse autónomamente.

Las caricias positivas favorecen nuestra salud y crecimiento. Las caricias negativas nos perjudican y se incorporan a nuestra identidad, a modo de características propias de la misma: “Soy un inútil”, “Siempre me equivoco”, “no voy a poder”, etc. … La voz interna que de algún modo fue externa.

El “no” sistemático a los deseos, así como la permisividad, la ausencia de dirección, la disciplina férrea, reprimen e inhiben la naturalidad, la espontaneidad, y la motivación.  La ilusión y la seguridad necesarias para estar bien en el mundo, se hacen más difíciles.

Las caricias negativas son disfuncionales, tanto las sociales como las intrapsíquicas: descalificar, humillar a otros y a uno mismo, disminuyen la fuerza para intervenir adecuadamente en la realidad, para actuar con intención y eficiencia en lo que nos corresponde.

Lo que experimentamos en el pasado no ha de condicionar nuestro presente. Es necesario detectar y descontaminar las creencias que mantienen nuestras limitaciones para dar, pedir, aceptar, darme las caricias necesarias y rechazar las negativas, sin que calen en mi interior activando comportamientos improductivos.

Podemos comprometernos a experimentar sinceramente con el dar, pedir, rechazar, autoacariciarme, para modificar, si es preciso, patrones obsoletos de interacción afectiva, que aprendimos y necesitamos en una etapa temprana de nuestra vida, y que ahora conviene actualizar para impactar en el mundo sin distorsiones acerca de la realidad, de los otros y de uno mismo.

Puedes preguntarte:

¿Qué hacía para llamar la atención cuando era niño/a? Llorar, gritar, enfermar, pedir abiertamente…

¿Qué hago ahora?

1 Comentario
  • Luisa Velasco Torres
    Responder

    No sabía que el término “caricia” pudiera tener connotaciones negativas. Uno siempre cree que una caricia siempre es algo amable y cariñoso. Ahora entiendo eso del “hambre de caricias”. Necesitamos caricias y si no las obtenemos por las buenas las buscamos por las malas…

    14 enero, 2016 at 11:50

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